Dra. Montserrat Rutllant

 

Unos meses atrás, todavía en su calidad de Primer Ministro, el Sr. Blair impulsó la iniciativa de “ayudar a padres con hijos jóvenes problemáticos en la consecución de buenos hábitos de conducta”. Desde nuestro punto de vista es una medida que aunque bienintencionada, llega tarde y no aborda las raíces del problema. No es práctico evitar enfermedades cuando ya están muy arraigadas, sino antes, siempre que exista una posible prevención:  por ej. vacunamos de la polio antes de que la infección aparezca; lo mismo hacemos con la educación viaria que debe impartirse antes de la salidas masivas de vacaciones, o la prevención de incendios que conviene hacer antes de la canícula.

 Con esta visión de verdadera prevención, G.K. Chesterton, glorioso compatriota del Sr. Blair, afirmó hace años: “En general, las madres envían a los niños al colegio para que les enseñen, cuando ya es tarde para enseñar lo que de verdad importa.”. La preocupación por la falta de educación básica en los niños y adolescentes de nuestra opulenta sociedad, ha quedado reflejada últimamente en muchos medios de opinión y revistas científicas. Y como afirmaba un columnista prestigioso “Somos una generación obsesionada por la seguridad más que por la educación…. Al rey de la casa le hemos montado la república independiente… con ordenadores, playstations y ahora móviles, pero en la que los padres tienen escaso protagonismo. Con el peligro de que un  día los hijos bajen a los padres al contenedor junto a otro juguetes antiguos, si advierten que ya no les sirven para nada”.

 

 

Numerosos intelectuales y siquiatras de nuestro entorno, han advertido, en el mismo sentido que Chesterton, sobre la urgente necesidad de fomentar la vinculación afectiva madre-hijo y padre-hijo, desde las primeras etapas, para cuidar de la salud mental en la juventud y en la edad adulta. Así, Folch i Camarasa afirmaba: “Ningún buen profesional de la salud duda hoy de la íntima relación entre la vida emocional y la evolución general de la persona. Existe una íntima correlación entre el desarrollo afectivo y la evolución intelectual. El niño evoluciona esencialmente alrededor del eje emocional, y el hecho más importante para conseguir una correcta maduración es que, desde muy pequeño, aprenda a tener afecto por sus padres y por otras personas”

 

Rojas Marcos, en el Congreso celebrado en Barcelona sobre estrés y violencia, afirmó: “En los primeros años deben haber aprendido los niños los elementos esenciales para la correcta sociabilidad, la convivencia y la compasión. También la semilla de la violencia se siembra en estas primeras etapas” y Enrique Rojas afirma que si se olvida la educación de la afectividad –de las emociones- aparecen seres humanos desestructurados, mal diseñados…

 

Trabajar esta educación emocional significa, entre otras cosas, dedicar tiempo a educar, entrenar a los hijos en el ejercicio responsable de su libertad, poner límites a sus excesivas exigencias, saber que el niño que no es mínimamente disciplinado con amor por su familia durante la primera infancia, será disciplinado con dureza por la sociedad cuando llegue a adulto, y no olvidar que poner límites o enseñar a obedecer unas normas debe ser compatible con el diálogo empático, los juegos y risas compartidos para no pasar de ser padres ultra permisivos a padres aguafiestas. El respeto y el buen humor deben ser el ingrediente que impregne la vida familiar en la cotidianidad; que los niños sepan expresar la alegría y la tristeza, compaginar el trabajo del hogar y la diversión, todo en la proporción adecuada. Estos momentos serán positivos para expresar los afectos, los sentimientos propios y  educar la personalidad del hijo de forma natural.

 

El amplio consenso que encontramos a nivel teórico en estos temas de la educación emocional y la vinculación afectiva padres-hijos, se rompe cuando intentamos aplicarlo con medidas realmente prácticas. Aquí sólo podemos esbozar algunas de las problemáticas con que las familias concretas se encuentran en el momento de educar y sugerir posibles medidas preventivas.

 

            Entre las problemáticas citaríamos:

 

  • Falta de preparación para la paternidad y la maternidad.
  • Falta de  seguridad sicológica por parte de los niños de que hay cosas seguras e invariables (tu padre y tu madre lo serán para siempre y te quieren con un amor gratuito e incondicional).
  • Falta de sentido de pertenencia: por obligaciones de trabajo, migraciones, u “opciones de ruptura postmoderna”, muchos padres rompen con sus raíces, sus orígenes,…
  • Falta de colaboración de la sociedad: dificultades de conciliación trabajo-familia, medios de opinión públicos y privados que deseducan en vez de educar, promoción de modelos sociales próximos a la drogadicción, promiscuidad y lujo insultante.

 

 

Entre las soluciones, quizás la más sencilla y eficaz sería implementar cursos de preparación para la maternidad y la paternidad, que se fueran extendiendo paulatinamente a toda la población como se ha hecho por ejemplo con las clases de preparación prenatal y parto. Esto ha intentado ponerse en marcha a través de algunas iniciativas sin duda bien intencionadas pero insuficientes, de las que vamos teniendo noticia en los últimos años (doulas en  USA, supernannies televisivas que se estudian en revistas científicas como  Pediatrics) y la más urgente e inaplazable medida de adaptar el horario laboral a las necesidades de vida familiar.

 

            Si de verdad creemos que los hijos son nuestro futuro, y es evidente que lo son, todos deberíamos sentirnos responsables de ayudar a los padres a educar a los hijos con serenidad y amor y colaborar con ejemplos públicos de solidaridad, respeto, honestidad…

 

 

Para ello:

 

  • Disminuir el estrés de los adultos
  • Acortar el horario laboral (En España es superior al resto de Europa)
  • Tender a la igualdad de responsabilidades madre y padre en el tiempo dedicado a niños y familia
  • Ser creativo y pertinaz en buscar y encontrar soluciones sabiendo que de ello deriva la salud mental y moral de las generaciones futuras.